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No se si notaron que los libros de artistas consagrados suelen incluir, además de reproducciones en buen tamaño de sus obras, una biografía en la que se van intercalando pequeñas imágenes que suelen ser fotos del artista y "estudios" de obras, o sea, dibujos. Siempre me esfuerzo por mirar esos dibujitos que ahora me cuesta ver, porque tengo la sensación que dicen del artista mucho más que todas esas palabras incluidas en los ensayos previos. Estos días, mirando dibujos de Ruth Asawa y de Alberto Giacometti confirmé mi sospecha. Los dibujos, cual esqueletos de futuras obras, cuentan cosas que las pinturas, esculturas y técnicas mixtas a veces esconden. Hablan de las búsquedas de los artistas mucho más claramente que sus obras consagradas. Parece que Giacometti (1901-1966) siempre estaba muy disconforme con las obras que realizaba y sentía que no podía terminarlas, que no lograba captar con la rapidez que él deseaba aquello que veía. Así fue que durante una estadía en París se dedicó a hacer dibujos de esa ciudad, la cual recorría con un cartón cubierto por papel y con crayones dibujaba a toda velocidad aquello que lo atrapaba. Esas líneas eran luego traspasadas a piedras calizas sensibilizadas, entintadas y eternizadas en el papel gracias a la litografía, la única técnica de grabado que permite dibujar directo sobre una piedra para repetir una imagen múltiples veces, con la misma frescura con la que ha sido plasmada. Sus dibujos de París están llenos de movimiento, la única cosa que parece importarle. No se detiene en detalles de caras, objetos, árboles, edificios. Sin embargo ahí están, con sus características distintivas y círculos de lineas superpuestas. Por su parte, Asawa (1926-2013) exploraba las composiciones con elementos mínimos, repitiendo un mismo módulo tantas veces como fura necesario para extraer de este una imagen interesante. Así paso muchos de sus años de estudio para luego traducir esas líneas al espacio por medio de rulos de alambre entrelazados, una técnica de cestería que aprendió en México y con la cual trabajó hasta sus últimos días. Sus tejidos en alambre recuerdan bolsas tejidas o contenedores de fibra, pero no tienen una utilidad precisa, la única razón de su existencia pareciera ser la necesidad de la artista de despelgar en el espacio sus dibujos. Mientras los tejidos de Asawa nos hablan de la necesidad de construir a partir de la repetición de un modulo que se transforma a medida que se reproduce, Giacometti se enfoca en la velocidad de la vida que capta, con líneas exasperadas, un mundo fugaz que ya empezaba a escaparse de las manos. En los dibujos, el mito del artista que todo lo puede y lo logra se resquebraja, acercándonos a su lado humano, al de la persona que, sin estar segura de lo que busca, se entrega a la técnica para extraer de ella aquello que se esconde entre el lápiz y el papel.
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